lunes, 19 de enero de 2026

La ciudad que aprendió a cazar

La ciudad parecía amable al inicio, una noche viva, de esas donde todavía se puede confiar.
La ciudad parecía celebrar algo y no anunciaba peligro.
No brillaba, pero respiraba.
Había gente en las calles, conversaciones superpuestas, pasos que se cruzaban sin mirarse demasiado.
Había risas, cámaras, rostros conocidos multiplicándose en flashes. Caminaba entre ellos con una sensación cómoda, casi ingenua. Nadie corría. Nadie sospechaba. El peligro todavía no tenía nombre.

Luego llegaron los carnavales.

El agua cayó primero como juego. Chorros, gritos, cuerpos empujándose sin intención. Después el agua cambió. Se volvió espesa. El barro se mezcló sin aviso, pegándose a la ropa, a la piel. No sentí miedo, solo rechazo. Algo estaba mal. Algo debía limpiarse.

Busqué agua quieta.
Me lavé las manos, la cara. Respiré.

Y ahí, sin ruido, la ciudad dejó de ser la misma.

Subí al edificio porque tenía que hacerlo. Una prueba. Una reunión. Un casting. Un lugar que prometía orden. Todo parecía formal, estructurado, casi seguro. El tipo de lugar donde uno cree que las reglas protegen. Éramos varios. Demasiados cuerpos juntos creyendo que las paredes protegían.
Cuando todo terminó, nos dirigimos al ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, apareció.
No gritó. No corrió. La hoz colgaba de su mano como si siempre hubiera estado ahí.

El tiempo se comprimió. Hubo un movimiento brusco, un sonido húmedo, cuerpos retrocediendo sin espacio. Gritos. La sangre apareció de golpe, manchando el piso, salpicando ropa ajena. No miré demasiado. No hacía falta. La certeza era suficiente. Sentí la sangre de otros empapándome la camisa, el peso caliente de algo que no me pertenecía.

Ahí dudé.

¿Las escaleras?
Eran muchos pisos. Pasillos largos. Demasiados lugares donde alguien podía estar esperando.

¿El ascensor?
Encerrado. Lento. Pero bajaba. Daba segundos. Permitía respirar. Pensar.

Elegí el ascensor.

Entré.

Las puertas se cerraron con violencia. El descenso fue eterno. El silencio se llenó de respiraciones agitadas. Bajaba cubierto de sangre ajena, con el corazón golpeando más fuerte que un motor. Cuando las puertas se abrieron, salí corriendo.

La ciudad ya estaba preparada.
Las calles se cerraban. Las esquinas no llevaban a nada. No eran uno. No eran dos. Eran muchos. Y sabían esperar.

Vi un edificio de departamentos. En el tercer piso, una luz encendida. Subí como si esa luz fuera una promesa. Golpeé. Entré.
El departamento parecía seguro solo porque quería creerlo, pero ahí estaba uno de ellos. No hizo nada. No habló. La quietud fue peor que el ataque.
El cuerpo entendió antes que la mente. No había salida por la puerta. Vi unas escaleras extrañas, mal construidas, como si el edificio mismo no quisiera existir. Me lancé desde el tercer piso, golpeando escalones, cayendo torpemente, bajando a la fuerza. Me levanté sin mirar atrás.

Me levanté y seguí.

Corrí tanto que el cuerpo dejó de quejarse. En un punto subí a un auto buscando huir rápido. Pensé que alguién podria ayudarme, sacarme velozmente de ese lugar.  Dentro estaban dos de ellos. Sonreían. No con alegría, sino con esa satisfacción cruel de quien disfruta la persecución. Abrí la puerta en movimiento y me arrojé otra vez al asfalto. El golpe fue seco, breve. No dolió como dolería en la realidad, pero sacudió. Me levanté y seguí corriendo. Siempre seguir. Porque quedarse ya no era una opción.Seguir corriendo era mejor que quedarse.

Seguí corriendo.

Los veía venir detras mio. Buscaba un lugar donde esconderme. Entonces vi una casa de esteras.
Pequeña. Frágil. Humana.
Una mujer estaba ahí. Pensé en esconderme, en desaparecer dentro de algo mínimo. Me acerqué y lo supe. Su mirada no era refugio. Era espera. Ella también pertenecía a la ciudad que cazaba.

Me fui.

Las piedras aparecieron cuando ya no quedaba nada más. Las recogía del suelo y las lanzaba como proyectiles sin apuntar, no para ganar, sino para abrir aire, para obligar al mundo a retroceder un segundo. Escuchaba los impactos, sentía el temblor en los brazos. No eran armas. Eran tiempo.
Vi a otros caer. Vi cómo los alcanzaban. Y entendí lo peor, ellos disfrutaban esto. No perseguían por necesidad. Era un juego. Un ritual. Nosotros éramos el movimiento que los mantenía vivos. Ellos no corrían por necesidad, sino por juego. Como si la ciudad fuera su terreno y nosotros, piezas móviles.

La confianza se volvió imposible.

Hasta que, casi sin aviso, apareció una tienda. Un espacio común. Vidrio, luz, gente normal. Reconocí algo ahí, no a alguien en particular, sino una forma de estar. No había tensión en los cuerpos. No había mirada doble. Solo presencia.

Por primera vez, no corrí por huir, sino por elegir.

Desde ahí llegué a una van. Grande, sin nada especial. Entré y cerré la puerta justo antes que me alcanzaran. Dentro había una señora, una joven, un chofer. Personas comunes. Pedí que arrancaran rápido. Muy rápido. El motor respondió. Al alejarnos, vi motos intentando seguirnos, pero ya no importaba. La distancia empezaba a hacer su trabajo.

Dentro del vehículo, el cuerpo bajó la guardia.
Dentro del vehículo, el cuerpo finalmente cedió.
La sangre seguía en la ropa. Pero el peligro ya no viajaba conmigo.

No hubo celebración. No hubo alivio exagerado. Solo esa certeza silenciosa de estar a salvo. De haber salido. No por fuerza, no por suerte, sino por haber sabido cuándo irse, cuándo no confiar, cuándo saltar del auto, cuándo dejar de correr solo y aceptar compañía.

Ahí terminó todo.

No porque el peligro hubiese desaparecido del mundo,
sino porque ya no viajaba conmigo.
La ciudad quedó atrás,
no porque hubiera terminado, sino porque yo aprendí a salir.

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