Hay personas que creen que resistir es no detenerse nunca.
Yo también lo creí.
Despertar antes del sol.
Sostener voces ajenas.
Sonreír incluso cansado.
Dar siempre un poco más aunque por dentro algo empezara a romperse.
La ciudad ayuda a destruirte.
Te enseña a correr aunque no sepas hacia dónde.
Te acostumbra al ruido,
a las conexiones rápidas,
a los cuerpos que llegan sin intención de quedarse.
Y uno aguanta.
Porque hay orgullo en sostenerse.
Porque da miedo detenerse y descubrir cuánto duele realmente el cansancio.
Yo seguí.
Entre aulas, tráfico, sudor, madrugadas, camas vacías, miradas intermitentes, personas que confundían deseo con presencia.
Seguí incluso cuando empecé a desaparecer de mí mismo.
Eso es lo más peligroso del desgaste.
No ocurre de golpe.
Sucede lento.
Como una grieta que aprende a respirar debajo de la piel.
Hasta que un día el cuerpo ya no negocia.
Y entendí algo.
No vine al mundo
solo para ser útil.
No vine a entregar amor hasta quedarme vacío.
No vine a convertirme en refugio de todo mientras yo me derrumbo en silencio.
Hay dignidad también en detenerse.
En decir esto me duele, esto me supera, esto ya no me hace bien.
Ahora quiero otra cosa.
No la intensidad que destruye.
No el ruido.
No las manos que solo aparecen de madrugada.
Quiero calma.
Quiero verdad.
Quiero un amor que no me haga sentir reemplazable.
Quiero volver a mí.
Y quizás eso sea crecer, dejar de sobrevivirse para empezar, por fin, a habitarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario