viernes, 29 de mayo de 2026

Límite

Hay personas que creen que resistir es no detenerse nunca.

Yo también lo creí.

Despertar antes del sol.
Sostener voces ajenas.
Sonreír incluso cansado.
Dar siempre un poco más aunque por dentro algo empezara a romperse.

La ciudad ayuda a destruirte.
Te enseña a correr aunque no sepas hacia dónde.
Te acostumbra al ruido,
a las conexiones rápidas,
a los cuerpos que llegan sin intención de quedarse.

Y uno aguanta.
Porque hay orgullo en sostenerse.
Porque da miedo detenerse y descubrir cuánto duele realmente el cansancio.

Yo seguí.
Entre aulas, tráfico, sudor, madrugadas, camas vacías, miradas intermitentes, personas que confundían deseo con presencia.

Seguí incluso cuando empecé a desaparecer de mí mismo.

Eso es lo más peligroso del desgaste.
No ocurre de golpe.
Sucede lento.
Como una grieta que aprende a respirar debajo de la piel.

Hasta que un día el cuerpo ya no negocia.
Y entendí algo.
No vine al mundo solo para ser útil.
No vine a entregar amor hasta quedarme vacío.
No vine a convertirme en refugio de todo mientras yo me derrumbo en silencio.

Hay dignidad también en detenerse.
En decir esto me duele, esto me supera, esto ya no me hace bien.

Ahora quiero otra cosa.
No la intensidad que destruye.
No el ruido.
No las manos que solo aparecen de madrugada.
Quiero calma.
Quiero verdad.
Quiero un amor que no me haga sentir reemplazable.
Quiero volver a mí.

Y quizás eso sea crecer, dejar de sobrevivirse para empezar, por fin, a habitarse.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Después del ruido

Probé el vértigo.
Las noches largas,
los cuerpos sin nombre,
las manos que llegan rápido
y se van más rápido aún.

La ciudad abierta
como una herida brillante,
ofreciendo todo
menos lo que importa.

Fui deseo.
Fui impulso.
Fui la mirada que alguien elige
cuando necesita olvidar.
Y también fui  olvido.

Hubo risas.
Hubo intensidad.
Hubo momentos que parecían vida
pero no se quedaban.

Todo pasaba.
Todo.
Como luces que encandilan
pero no iluminan.
Y en medio de ese ruido
empecé a escucharme.

No era vacío lo que buscaba.
Era otra cosa.
Algo que no se compra en una noche,
que no se sostiene con palabras fáciles,
que no desaparece cuando amanece.

Me cansé.
No del placer,
sino de lo que deja después.
De sentirme opción.
De ser apenas un momento en la historia de alguien más.
De encontrar miradas
que no sabían quedarse.

La ciudad sigue igual.
Ruidosa.
Rápida.
Hambrienta.
Pero yo ya no.

Hay un silencio
que empieza a crecer en mí.
Uno que limpia.

Quiero eso ahora.
Calma.
Sosiego.
Un amor que no tenga prisa.
Una presencia que no desaparezca.

No es huida.
Es elección.
Porque ya estuve en el ruido.
Y sé exactamente
por qué no quiero quedarme ahí.

Ciudad abierta

Llegué creyendo que la ciudad está vez podría al fin aprender a pronunciar mi nombre. Pero esta solo conoce el ruido. Dormí en demasiadas ha...