Ocho horas después de la ciudad
todavía llevaba el ruido debajo de la lengua.
Llegué con el cuerpo lleno de estaciones clausuradas,
con una noche que no sabía terminar
y un cansancio que había aprendido a esconderse
detrás de una sonrisa.
La montaña no preguntó qué había hecho.
No quiso saber con quién dormí,
qué perdí,
cuánto había soportado.
Solo estaba ahí.
Enorme.
Fría.
Respirando por mí
mientras yo aprendía nuevamente a hacerlo.
Al principio
todavía llevaba la ciudad entre las costillas.
El dolor tenía sus propios horarios.
Había días en que el cuerpo
parecía recordar por mí
todo aquello que yo quería olvidar.
Hospitales.
Medicinas.
Noches partidas.
El miedo de que algo dentro volviera a romperse.
Y aun así había que levantarse.
Había que caminar.
Había que buscar dónde poner las manos
cuando la vida ya no se parecía
a lo que habíamos planeado.
Entonces apareció el teatro.
Una sala.
Un público.
Mi cuerpo otra vez frente a otros cuerpos
sin tener que esconderse.
Y por un instante
recordé quién era
antes de que la ciudad comenzara
a hablar demasiado fuerte.
Después vino una cocina,
unas manos aprendiendo otro oficio,
una puerta que se abrió
sin que yo la estuviera esperando.
Una recepción.
Turistas preguntando en inglés.
Yo respondiendo como puedo,
descubriendo que todavía puedo aprender cosas
después de haber creído
que ya estaba demasiado cansado.
Me equivoco.
Continúo.
Me vuelvo a equivocar.
Continúo.
Y alguien dice
que lo estoy haciendo bien.
Qué extraño.
Después de tanto tiempo
escuchar algo que no duela.
Aquí comen conmigo.
Aquí preguntan cómo estoy.
Aquí la gente todavía tiene tiempo para sentarse.
Afuera
la montaña permanece.
No promete nada.
No me salva.
Solo me recuerda
que hay lugares donde el silencio
no significa abandono.
Y empiezo a sospechar
que quizá sanar
no era volver a ser quien fui.
Quizá era esto:
aprender a habitar el cuerpo
después de haberlo llevado demasiado lejos.
Hablar otro idioma.
Aceptar una oportunidad improbable.
Dejar que los días pasen
sin tener que llenarlos de ruido.
No sé si esta montaña será casa
o apenas otra estación.
Pero esta vez no quiero correr.
Ocho horas después de la ciudad,
el silencio no me asusta.
Y eso basta para quedarme un poco más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario