Llegué creyendo que la ciudad está vez podría al fin aprender a pronunciar mi nombre.
Pero esta solo conoce el ruido.
Dormí en demasiadas habitaciones.
Algunas olían a humo. Otras a cuerpos que ya habían olvidado el nombre del último hombre que abrazaron.
Todas tenían la misma ventana.
El mismo amanecer.
La misma fuga.
La noche repetía sus oficios y manías.
Yo también.
Había cuerpos.
Había sustancias capaces de convencer al pulso de que todavía existía algo parecido al amor.
Había bocas.
Había manos.
Había una velocidad que volvía innecesarias las preguntas.
Nadie estaba dispuesto a escucharlas, mucho menos a responderlas.
Hasta que el cuerpo empezó a escribir su propia versión del cansancio y decidió huir de lo vacío.
Hay heridas que aparecen justo cuando empieza la historia.
Hay silencios que un consultorio escucha mejor que cualquier cama.
Entonces comprendí que algunas personas no buscaban conocerme.
Solo comprobar que mi piel existía.
Nunca preguntaban quien respira debajo de mi imagen.
Nunca el mar.
Solo la orilla.
He visto demasiados hombres confundir vacío con deseo.
Confundir compañía con consumo.
Confundir un cuerpo con una habitación disponible.
Y yo...
yo ya no quiero ser esa habitación.
La ciudad sigue encendida.
Yo no.
Hay edificios que parecen mantenerse de pie solo porque todavía no descubren que llevan meses incendiándose por dentro.
Camino entre ellos como quien reconoce el idioma del humo.
Y es muy fuerte las ganas que siento de no quedarme.
Saldré a buscar lugares donde puedan llamarme por mi verdadero nombre.