jueves, 23 de julio de 2026

Ciudad abierta

Llegué creyendo que la ciudad está vez podría al fin aprender a pronunciar mi nombre.

Pero esta solo conoce el ruido.

Dormí en demasiadas habitaciones.

Algunas olían a humo. Otras a cuerpos que ya habían olvidado el nombre del último hombre que abrazaron.

Todas tenían la misma ventana.

El mismo amanecer.

La misma fuga.

La noche repetía sus oficios y manías.

Yo también.

Había cuerpos.

Había sustancias capaces de convencer al pulso de que todavía existía algo parecido al amor.

Había bocas.

Había manos.

Había una velocidad que volvía innecesarias las preguntas.

Nadie estaba dispuesto a escucharlas, mucho menos a responderlas.

Hasta que el cuerpo empezó a escribir su propia versión del cansancio y decidió huir de lo vacío.

Hay heridas que aparecen justo cuando empieza la historia.

Hay silencios que un consultorio escucha mejor que cualquier cama.

Entonces comprendí que algunas personas no buscaban conocerme.

Solo comprobar que mi piel existía.

Nunca preguntaban quien respira debajo de mi imagen.

Nunca el mar.

Solo la orilla.

He visto demasiados hombres confundir vacío con deseo.

Confundir compañía con consumo.

Confundir un cuerpo con una habitación disponible.

Y yo...

yo ya no quiero ser esa habitación.

La ciudad sigue encendida.

Yo no.

Hay edificios que parecen mantenerse de pie solo porque todavía no descubren que llevan meses incendiándose por dentro.

Camino entre ellos como quien reconoce el idioma del humo.

Y es muy fuerte las ganas que siento de no quedarme.

Saldré a buscar lugares donde puedan llamarme por mi verdadero nombre.

viernes, 19 de junio de 2026

Avezado

El día y la noche y el dia de nuevo, 
luz y sombra, se repite.

Tengo la cabeza volando en todas partes,
las sensaciones a flor de piel,
no mido el peligro, soy avezado.

Role play y soy lo que más te guste
o el que se defiende y transita en la oscuridad.

Hay mucha penumbra que me sigue
y se cómo jugar con ella.

Tengo una caja de sorpresas,
rituales que aceleran el pulso,
todavía puedo con todo y aguanto fuerte.

Ha sido demasiado o tal vez aún no lo fue,
arriba y abajo, uno de ellos me gusta más.


viernes, 12 de junio de 2026

Habitación +oo

LLegaste en una esquina oscura.
No hubo un gran anuncio.
No hubo una plegaria al destino.

Solo una puerta abierta
y dos desconocidos entrando al mismo sueño
sin preguntarse demasiado.

Afuera la ciudad repetía sus rituales de humo y caos.
Adentro algo más caótico en el silencio ocurría.

Tu sonrisa tenía esa cualidad peligrosa de las cosas que parecen simples hasta que uno las mira demasiado.

No sé en qué momento dejaste de ser una figura
y empezaste a parecerte más a una pregunta.

Quise mostrarte las habitaciones cerradas que no comparto con nadie.
Hay noches donde uno ya no quiere ser brillante.
Solo ser.

Y entonces ocurrió algo mínimo en la intensidad.
En el vértigo y en la pausa.

La extraña ceremonia de descansar cerca de alguien
y descubrir que el cuerpo también tiene memoria.

Por momentos nuestras manos parecían hablar ese idioma
que no promete nada, que no pide nada.

Como si dijeran aquí, todavía aquí.

Después llegó la mañana con su costumbre de separar las cosas y te fuiste.

Y desde entonces hay algún lugar de mí que no reclama, no exige, no llama.

Solo recuerda.

No sé si volveré a verte.
No sé si lo nuestro pertenece al tiempo o a esa categoría más rara
de los encuentros que no duran pero alteran.

Solo sé que contigo fue algo distinto.

Como cuando el mar se retira y deja sobre la arena
la prueba de que estuvo ahí.

viernes, 29 de mayo de 2026

Límite

Hay personas que creen que resistir es no detenerse nunca.

Yo también lo creí.

Despertar antes del sol.
Sostener voces ajenas.
Sonreír incluso cansado.
Dar siempre un poco más aunque por dentro algo empezara a romperse.

La ciudad ayuda a destruirte.
Te enseña a correr aunque no sepas hacia dónde.
Te acostumbra al ruido,
a las conexiones rápidas,
a los cuerpos que llegan sin intención de quedarse.

Y uno aguanta.
Porque hay orgullo en sostenerse.
Porque da miedo detenerse y descubrir cuánto duele realmente el cansancio.

Yo seguí.
Entre aulas, tráfico, sudor, madrugadas, camas vacías, miradas intermitentes, personas que confundían deseo con presencia.

Seguí incluso cuando empecé a desaparecer de mí mismo.

Eso es lo más peligroso del desgaste.
No ocurre de golpe.
Sucede lento.
Como una grieta que aprende a respirar debajo de la piel.

Hasta que un día el cuerpo ya no negocia.
Y entendí algo.
No vine al mundo solo para ser útil.
No vine a entregar amor hasta quedarme vacío.
No vine a convertirme en refugio de todo mientras yo me derrumbo en silencio.

Hay dignidad también en detenerse.
En decir esto me duele, esto me supera, esto ya no me hace bien.

Ahora quiero otra cosa.
No la intensidad que destruye.
No el ruido.
No las manos que solo aparecen de madrugada.
Quiero calma.
Quiero verdad.
Quiero un amor que no me haga sentir reemplazable.
Quiero volver a mí.

Y quizás eso sea crecer, dejar de sobrevivirse para empezar, por fin, a habitarse.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Después del ruido

Probé el vértigo.
Las noches largas,
los cuerpos sin nombre,
las manos que llegan rápido
y se van más rápido aún.

La ciudad abierta
como una herida brillante,
ofreciendo todo
menos lo que importa.

Fui deseo.
Fui impulso.
Fui la mirada que alguien elige
cuando necesita olvidar.
Y también fui  olvido.

Hubo risas.
Hubo intensidad.
Hubo momentos que parecían vida
pero no se quedaban.

Todo pasaba.
Todo.
Como luces que encandilan
pero no iluminan.
Y en medio de ese ruido
empecé a escucharme.

No era vacío lo que buscaba.
Era otra cosa.
Algo que no se compra en una noche,
que no se sostiene con palabras fáciles,
que no desaparece cuando amanece.

Me cansé.
No del placer,
sino de lo que deja después.
De sentirme opción.
De ser apenas un momento en la historia de alguien más.
De encontrar miradas
que no sabían quedarse.

La ciudad sigue igual.
Ruidosa.
Rápida.
Hambrienta.
Pero yo ya no.

Hay un silencio
que empieza a crecer en mí.
Uno que limpia.

Quiero eso ahora.
Calma.
Sosiego.
Un amor que no tenga prisa.
Una presencia que no desaparezca.

No es huida.
Es elección.
Porque ya estuve en el ruido.
Y sé exactamente
por qué no quiero quedarme ahí.

viernes, 10 de abril de 2026

Job

No fue solo el cuerpo.
Aunque empezó ahí.

En la piel,
en el impulso,
en esa forma de mirarnos que ya sabía a qué venía.

Habíamos acordado lo simple
llegar, tocarnos, irnos.
Lo de siempre.
Lo que no deja huella.

Pero algo se desvió.

Tu risa, abierta.
Tus ojos, sin cálculo.
Y ese cuerpo
tibio, firme, real
que pedía ser recorrido sin apuro.

Te besé como quien prueba algo nuevo
aunque crea haberlo vivido todo.

Y no era nuevo.
Pero se sentía distinto.

Mi boca en tu cuello,
tu respiración rompiéndose lento,
mis manos aprendiendo tu forma
como si hubiera tiempo de sobra.

Y lo había.
Porque nadie miraba el reloj.

La tarde se volvió noche.
La noche, un cuerpo abierto.
La madrugada, un susurro largo que no quería terminar.

Nos tocamos sin urgencia,
pero con hambre.
Con esa mezcla extraña entre deseo y cuidado.

Tu piel contra la mía,
tu peso sobre mi pecho,
mi cuerpo encontrando el tuyo una y otra vez,
como si quedarse fuera la única respuesta.

No era solo sexo.
Era otra cosa que se colaba entre los gestos.
la forma en que me mirabas,
la forma en que volvías,
la forma en que no había prisa por acabar.

Después, el descanso.
Dormimos.
Y en ese dormir no hubo distancia.

Tu cuerpo aún cerca,
tu respiración marcando un ritmo más suave,
más humano.

Descansé.
No solo el cuerpo.
Algo más adentro bajó la guardia sin pedirme permiso.

Despertar fue seguir.
Más besos,
más piel,
más tiempo suspendido en un cuarto del que no quería salir.

Hablamos como si no hubiera consecuencias.
Como si decirse no fuera un riesgo.

Y ahí, en medio de lo que empezó como impulso,
algo cambió de forma.

Más lento.
Más hondo.
Más difícil de ignorar.

No sé qué fuimos.
Solo sé que cuando me fui
no me llevé solo el cansancio dulce de la noche,
sino la certeza incómoda de haber encontrado
un refugio en alguien que no sé si volveré a ver.

Dicen que no hay que enamorarse.
Pero nadie te explica qué hacer
cuando el cuerpo descansa en otro
como si hubiera llegado a casa.

martes, 24 de marzo de 2026

Entero

Me levanto antes que el día tenga nombre.
Cuando la ciudad aún no decide quién es.

El mundo duerme y yo ya estoy de pie
con el cuerpo recordándome que elegí no rendirme.

Salgo cuando aún es de noche.
Veo al día abrirse como una herida lenta mientras avanzo
con el pulso firme y los sueños todavía calientes.

Llego primero.
Siempre primero.
Y sostengo.

Sostengo miradas de niños,
energías que me exigen ser ejemplo,
una versión de mí que no puede quebrarse en público.

Doy.
Todo el día doy.

Palabra.
Cuerpo.
Presencia.

Y nadie ve lo que cuesta sostenerse así.

Después, la ciudad.
El ruido.
El tráfico como una guerra sin sentido.

Caras vacías.
Gente rota.
Gente que escupe lo que no ha sanado
como si el mundo fuera su espejo.

Y yo ahí, atravesándolo todo como si no perteneciera.
Como si fuera otra especie.

Hay otra batalla cuando el día ya debería terminar
y vuelvo a pelear.
Contra el cansancio.
Contra la rutina.
Contra esa voz que a veces dice: “¿para qué tanto?”
Pero sigo.

Y aun así hay un espacio que no se entrena.
No nombro lo que falta.
Pero está.

Y lo deseo pero...
No el fácil.
No el que se compra con una noche.
No el que se esconde en cuerpos sin nombre.

Pero esta ciudad confunde deseo con conexión.
Confunde ruido con vida.
Confunde urgencia con amor.

Y yo no soy eso.
Yo sigo.

Antes del día.
Después del ruido.
Entero.

lunes, 23 de febrero de 2026

Ensayo sobre no romperse

Anoche lo admití.

Que me cansa ilusionarme.
Que siempre termino siendo el que siente más.
Que tengo demasiado amor en las manos
y a veces no sé dónde ponerlo sin que se derrame.

Dije que me ignoran
y al mismo tiempo me buscan intensamente
y luego se apagan.
Que me hablan de calma mientras se alejan.

Dije que duermo para no sentir.
Que en sueños vuelvo al agua.
Que ahí soy sirena otra vez para ser libre,
protegiendo a otros aunque nadie me proteja.

Dije que me gusta arder en mi propio fuego.
Que no soy inocente.
Que sé jugar en el campo de batalla.
Pero que después, cuando el ruido baja,
hay algo en mí
que sigue esperando una mirada que se quede.

Hablé de los hombres, claro.
De los que se acercan rotos.
De los que prometen intensidad
pero piden calma cuando yo ya estoy dentro.
De los que me miran como si pudiera salvarlos.

Anoche lo admití, pero
anoche no hablé solo de amor.

Hablé también del cansancio que no se ve,
del peso de sostenerme siempre fuerte,
de esa costumbre de ser océano
mientras otros apenas son lluvia.

Lo dije sin adornos.

Que no quiero rogar.
Que no quiero perseguir barcos.
Que no quiero ser siempre el puerto
para hombres que no saben nadar.

Y también dije que no estoy roto.
Solo estoy cansado de repetir la misma historia
con distintos nombres.

Hay algo en mí que ama con fuerza.
Y no quiero apagarlo.
Pero tampoco quiero que me consuma.

Eso fue lo más difícil de aceptar,
que puedo ser fuego y aún así merecer calma.

No quiero dejar de creer.
Quiero aprender a elegir.

No quiero dejar de sentir.
Quiero que alguien se quede cuando lo haga.

Y dije algo que me dolió admitir.

A veces me canso de ser el que entiende.
El que espera.
El que sostiene.

No quiero que mi ternura me ahogue.

Hablé de mi poder.
No el que seduce.
No el que impresiona.
El que se entrena en silencio.
El que aprende a decir no.
El que reconoce cuándo no cruzar.

Y sí, era inevitable hablar del amor.
Por eso lo admití.

Hablé del miedo a repetir la misma historia.
De la sospecha de que siempre doy más.
De la pregunta incómoda.
¿Y si el problema no es el amor,
sino dónde lo pongo?

No salí con respuestas claras.
Salí con algo mejor.

La certeza de que estoy mirándome sin huir.

No estoy roto.
No estoy perdido.
Estoy atravesando mi propia marea.

Y eso, aunque a veces duela,
también es crecer.

sábado, 14 de febrero de 2026

Campo de batalla

La ciudad arde.

Hoteles llenos como trincheras ocupadas.
Puertas cerrándose con la urgencia de quien
cree que el amor se pierde si no se encierra a tiempo.
Afuera, parejas discutiendo
como si besarse fuera una guerra mal negociada.

Tacones rotos.
Copas vacías.
Promesas sudadas sobre veredas sucias.

Y yo en medio del ruido,
con la piel despierta.
Ardiendo.

He tocado torsos que parecían mármol caliente.
Hombros anchos como murallas.
Bocas que no prometen nada pero muerden como si supieran
exactamente dónde duele.

No voy a mentir, me gusta.
Me gusta cómo se ven algunos cuando el deseo les quita la máscara.
Me gusta el caos de tres respiraciones desordenando una habitación.
Me gusta sentirme centro y periferia al mismo tiempo.

Todos quieren sexo.
Lo buscan como salvación y lo usan como arma.
Todos quieren sexo.
Lo buscan como agua, lo venden como trofeo y lo esconden como culpa.

Me gusta cómo algunos se ven cuando pierden el control,
cuando la piel habla más claro que cualquier promesa.

Sé que el fuego arrasa si no se mira de frente.
Sé que no todo gemido es amor.
Sé que no toda guerra deja victoria.

La ciudad es una locura, sí.

Pero dentro del delirio, entre el amor y la guerra hay una línea delgada.
A veces es una sábana revuelta.
A veces es un silencio después.
Y yo camino esa línea con los ojos abiertos.

No estoy enamorado. Estoy vivo.
No estoy roto. Estoy explorando.
No estoy perdido. Estoy probando el borde.

Y si el mundo quiere llamarlo pecado, que lo llame.


domingo, 1 de febrero de 2026

Sirena

No me rompí.
Aprendí a nadar más hondo.
El mar siempre fue casa,
no escape.

Yo no vine a salvar barcos
ni a estrellarme contra promesas flotantes.
Vine a moverme,
a respirar donde otros se ahogan.

He conocido hombres.
Muchos.
Algunos hermosos en la superficie,
otros llenos de grietas que no quieren mirar.

Me ofrecieron una noche
como si fuera un trato.
Me miraron como si el deseo
fuera una moneda.
Creyeron que podían comprar
lo que no estaba en venta.

Hubo risas.
Hubo cuerpos cerca.
Hubo ilusión breve,
como espuma que se forma
y desaparece sin hacer ruido.

Y aun así
seguí nadando.
No rogué amor.
No me quedé
donde no se quedaban para mí.
No confundí intensidad
con cuidado.

No forcé puertos.

Aprendí a reconocer
a los que se acercan
solo cuando están a la deriva,
anclados en su propio naufragio,
esperando que alguien
les preste orilla.

Yo ya no soy orilla.

Tengo poder.
No el que grita,
sino el que se entrena en silencio.

Trabajo en mí
como quien fortalece pulmones
para una inmersión larga.

Me habito.
Me sostengo.
Me elijo.

Sigo siendo sirena,
sí.

Pero no la del canto triste.

Soy corriente firme.
Soy cuerpo que conoce su ritmo.
Soy profundidad que no pide permiso.

Si alguien se acerca ahora
tendrá que saber nadar.
No para alcanzarme,
sino para acompañar.

Porque yo no espero en la orilla.
Yo vivo en el agua.
Y desde aquí
todo se ve más claro.

viernes, 23 de enero de 2026

Semaforo en rojo

No me hiciste ganar nada.
El semáforo no te conocía.
Yo estaba ahí con las manos prendidas en fuego,
el pulso firme y el miedo domado a fuerza de repetir. 

La gente no dejó billetes porque tengas buena vibra,
los dejó porque me miraron y algo en ellos no quiso irse. 

Mi cuerpo también te miró y dijo no.
No con gritos, no con drama, con quietud.

Dormí cerca, pero no abrí la puerta.
Eso no es confusión, es frontera.
No todo lo que se acerca merece entrar.
No todo lo que insiste tiene razón. 

No me elegiste.
No me despertaste.
No me encendiste.
Yo ya estaba ardiendo antes. 

Y si me voy no es por falta de ternura,
es porque aprendí a no quedarme donde llaman amor a regar hasta ahogar.

Ciudad abierta

Llegué creyendo que la ciudad está vez podría al fin aprender a pronunciar mi nombre. Pero esta solo conoce el ruido. Dormí en demasiadas ha...