Llegué creyendo que el regreso podía ser una forma de calma.
Como si volver fuera una reconciliación con la ciudad que siempre me miró de lejos.
Como si regresar fuera una forma de perdón,
como si esta ciudad, que tantas veces me hizo sentir fuera de lugar, pudiera ahora ofrecerme una tregua.
No sabía que el regalo no vendría de la tierra sino del azar.
Apareció como aparecen las señales que no se anuncian.
Apareció sin ruido, cómo llegan las cosas importantes cuando uno baja la guardia.
Hay en él una mezcla de sombra y resplandor,
una manera de estar que no se ofrece entera, pero tampoco se esconde.
Algo atípico en su forma de decir las cosas, una manera de pensar que no sigue líneas rectas.
Eso basta.
Eso me gustó.
La primera vez, fue su sonrisa lo que me detuvo.
En el crepúsculo, la playa.
Cuando la noche ya estaba instalada, en ese momento habitamos un territorio compartido.
Piedras húmedas, viento insistente,
las rocas que intentaban guardar el frío,
y el mar que parecía escuchar palabras que no buscaban impresionar,
solo existir.
Nos sentamos ahí,
como dos figuras pequeñas frente a algo inmenso,
hablando de luces y sombras,
como quien se reconoce sin tocarse todavía.
Le hablé del cielo como quien abre una puerta secreta,
el mapa invisible que nos nombra antes de saber quiénes somos.
Le hablé del cielo.
No como destino, sino memoria.
Una fotografía del instante en que llegamos al mundo
con todo lo que somos y lo que tememos ser.
Él, Escorpio, con sus profundidades y silencios.
Yo, Tauro, pensando todavía en darlo todo.
Él escuchaba como si reconociera algo antiguo en sí mismo.
No hubo prisa.
Y el tiempo hizo lo que siempre hace cuando hay verdad, se volvió irrelevante.
Las horas se fueron sin permiso.
El frío nos acercó.
La noche nos sostuvo.
Hablamos de lo que pesa.
De lo que duele.
De esas historias que cargamos
como heridas que también nos sostienen.
Temí que todo terminara ahí.
Pero hay encuentros que no saben irse cuando aún no han terminado de decir lo que son.
Nos despedimos tarde,
con la sensación de que algo había quedado abierto.
Una posibilidad.
Una dupla.
Una química que recién aprendía su idioma.
Abrimos una ventana extraña:
una desde donde mirar al mundo
y decir que, incluso en la oscuridad,
seguimos buscando luz, paz,
una voz que hable de superación sin cinismo.
Yo, intenso,
quise que no fuera una historia de una sola noche.
De esas ya tuve suficientes y ya me harté.
Lo busqué.
Propuse volver a la playa,
bailar,
pasar el año nuevo juntos,
ser vistos sin escondernos.
La noche nuevamente fue un ritual aún sin nombre.
Vestirse para alguien es un acto de fe,
como si eso también fuera un conjuro.
Entregar un hilo tejido a mano es admitir que uno todavía cree en la protección,
en la energía,
en lo que no se ve pero se siente.
El lado hippie que nunca se va.
La travesía fue larga, pero habría caminado más por volver a verlo.
Cuando llegó, su abrazo me quitó el frío.
Bailamos.
No para ser vistos,
aunque el mundo mirara.
Las miradas alrededor cargaban deseo, envidia, sospecha.
La mía no veía nada más que sus ángulos, sus movimientos,
esa manera suya de ocupar el espacio.
Bailamos como dos cuerpos que se reconocen
sin necesidad de explicarse.
Había deseo,
sí,
pero también cuidado.
Ese borde frágil donde todo podría romperse
y, aún así, decide quedarse.
Bailamos. Tímidos al principio, coquetos después. Manos que se buscaban sin apuro. Besos en el cachete, en el cuello, en las manos. Me sentí derretir, como un helado expuesto al sol por primera vez.
Un beso sin dramatismo.
Luego otros, sensibles, cuidadosos.
Como palpando un terreno que podría derrumbarse
pero qué eligió ser armonía.
Los más lindos del lugar.
El amanecer nos encontró caminando.
La ciudad aún ebria era un testigo casi silencioso.
y el mar parecía guardar silencio por nosotros.
Un cómplice antiguo.
Hablamos de gustos y defectos,
de virtudes y miedos.
Hablamos nuevamente de lo que duele,
de lo que pesa,
de lo que cada uno protege con espinas.
Vi belleza en esa defensa.
No quise arrancarla.
A mi lado caminaba un paisaje psicodélico,
un diamante para atesorar,
un garabato hermoso,
una pasarela de escarcha con espinas
de donde brotan rosas.
Belleza protegida,
pero belleza al fin.
Pensé en la utopía que siempre persigo.
Esa que casi nunca se cumple.
¿Podría ser esta?
El sol llegó sin pedir permiso
y lo iluminó todo:
las grietas,
las dudas,
la posibilidad.
Pasamos de la humedad de la noche
al calor de un día nuevo.
El primero del año.
Juntos.
La despedida fue inevitable.
Pero su abrazo
se sintió como una casa
a la que quiero volver.
Una sensación extraña,
pero que ya existe en el cuerpo y no se va.
Quisiera saber qué será de esto.
Sin nombrar, sin exigir, sin forzar,
solo sé que estoy viviendo
la película más extraña y hermosa,
una de suspenso, romance y silencio,
donde no hay antagonistas,
solo complejidad en un mundo
ordenándose alrededor de dos personas
atreviéndose a mirarse sin huir.
Y a veces, eso
es suficiente para seguir.
Y eso,
por ahora,
es suficiente.
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