No fue solo el cuerpo.
Aunque empezó ahí.
En la piel,
en el impulso,
en esa forma de mirarnos que ya sabía a qué venía.
Habíamos acordado lo simple
llegar, tocarnos, irnos.
Lo de siempre.
Lo que no deja huella.
Pero algo se desvió.
Tu risa, abierta.
Tus ojos, sin cálculo.
Y ese cuerpo
tibio, firme, real
que pedía ser recorrido sin apuro.
Te besé como quien prueba algo nuevo
aunque crea haberlo vivido todo.
Y no era nuevo.
Pero se sentía distinto.
Mi boca en tu cuello,
tu respiración rompiéndose lento,
mis manos aprendiendo tu forma
como si hubiera tiempo de sobra.
Y lo había.
Porque nadie miraba el reloj.
La tarde se volvió noche.
La noche, un cuerpo abierto.
La madrugada, un susurro largo que no quería terminar.
Nos tocamos sin urgencia,
pero con hambre.
Con esa mezcla extraña entre deseo y cuidado.
Tu piel contra la mía,
tu peso sobre mi pecho,
mi cuerpo encontrando el tuyo una y otra vez,
como si quedarse fuera la única respuesta.
No era solo sexo.
Era otra cosa que se colaba entre los gestos.
la forma en que me mirabas,
la forma en que volvías,
la forma en que no había prisa por acabar.
Después, el descanso.
Dormimos.
Y en ese dormir no hubo distancia.
Tu cuerpo aún cerca,
tu respiración marcando un ritmo más suave,
más humano.
Descansé.
No solo el cuerpo.
Algo más adentro bajó la guardia sin pedirme permiso.
Despertar fue seguir.
Más besos,
más piel,
más tiempo suspendido en un cuarto del que no quería salir.
Hablamos como si no hubiera consecuencias.
Como si decirse no fuera un riesgo.
Y ahí, en medio de lo que empezó como impulso,
algo cambió de forma.
Más lento.
Más hondo.
Más difícil de ignorar.
No sé qué fuimos.
Solo sé que cuando me fui
no me llevé solo el cansancio dulce de la noche,
sino la certeza incómoda de haber encontrado
un refugio en alguien que no sé si volveré a ver.
Dicen que no hay que enamorarse.
Pero nadie te explica qué hacer
cuando el cuerpo descansa en otro
como si hubiera llegado a casa.
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