jueves, 1 de enero de 2026

Trasmutación

Llegué creyendo que el regreso podía ser una forma de calma.
Como si volver fuera una reconciliación con la ciudad que siempre me miró de lejos.
Como si regresar fuera una forma de perdón,
como si esta ciudad, que tantas veces me hizo sentir fuera de lugar, pudiera ahora ofrecerme una tregua.

No sabía que el regalo no vendría de la tierra sino del azar.
Apareció como aparecen las señales que no se anuncian.
Apareció sin ruido, cómo llegan las cosas importantes cuando uno baja la guardia.
Hay en él una mezcla de sombra y resplandor,
una manera de estar que no se ofrece entera, pero tampoco se esconde.
Algo atípico en su forma de decir las cosas, una manera de pensar que no sigue líneas rectas.

Eso basta.
Eso me gustó.
La primera vez, fue su sonrisa lo que me detuvo.

En el crepúsculo, la playa.
Cuando la noche ya estaba instalada, en ese momento habitamos un territorio compartido.
Piedras húmedas, viento insistente,
las rocas que intentaban guardar el frío,
y el mar que parecía escuchar palabras que no buscaban impresionar,
solo existir.

Nos sentamos ahí,
como dos figuras pequeñas frente a algo inmenso,
hablando de luces y sombras,
como quien se reconoce sin tocarse todavía.
Le hablé del cielo como quien abre una puerta secreta,
el mapa invisible que nos nombra antes de saber quiénes somos.
Le hablé del cielo.
No como destino, sino memoria.
Una fotografía del instante en que llegamos al mundo
con todo lo que somos y lo que tememos ser.
Él, Escorpio, con sus profundidades y silencios.
Yo, Tauro, pensando todavía en darlo todo.
Él escuchaba como si reconociera algo antiguo en sí mismo.

No hubo prisa.
Y el tiempo hizo lo que siempre hace cuando hay verdad, se volvió irrelevante.
Las horas se fueron sin permiso.
El frío nos acercó.
La noche nos sostuvo.
Hablamos de lo que pesa.
De lo que duele.
De esas historias que cargamos
como heridas que también nos sostienen.

Temí que todo terminara ahí.
Pero hay encuentros que no saben irse cuando aún no han terminado de decir lo que son.
Nos despedimos tarde,
con la sensación de que algo había quedado abierto.
Una posibilidad.
Una dupla.
Una química que recién aprendía su idioma.

Abrimos una ventana extraña:
una desde donde mirar al mundo
y decir que, incluso en la oscuridad,
seguimos buscando luz, paz,
una voz que hable de superación sin cinismo.

Yo, intenso,
quise que no fuera una historia de una sola noche.
De esas ya tuve suficientes y ya me harté.
Lo busqué.
Propuse volver a la playa,
bailar,
pasar el año nuevo juntos,
ser vistos sin escondernos.

La noche nuevamente fue un ritual aún sin nombre.
Vestirse para alguien es un acto de fe,
como si eso también fuera un conjuro.
Entregar un hilo tejido a mano es admitir que uno todavía cree en la protección,
en la energía,
en lo que no se ve pero se siente.
El lado hippie que nunca se va.
La travesía fue larga, pero habría caminado más por volver a verlo.

Cuando llegó, su abrazo me quitó el frío.

Bailamos.
No para ser vistos,
aunque el mundo mirara.
Las miradas alrededor cargaban deseo, envidia, sospecha.
La mía no veía nada más que sus ángulos, sus movimientos,
esa manera suya de ocupar el espacio.

Bailamos como dos cuerpos que se reconocen
sin necesidad de explicarse.
Había deseo,
sí,
pero también cuidado.
Ese borde frágil donde todo podría romperse
y, aún así, decide quedarse.

 Bailamos. Tímidos al principio, coquetos después. Manos que se buscaban sin apuro. Besos en el cachete, en el cuello, en las manos. Me sentí derretir, como un helado expuesto al sol por primera vez.

Un beso sin dramatismo.
Luego otros, sensibles, cuidadosos.
Como palpando un terreno que podría derrumbarse
pero qué eligió ser armonía.

Los más lindos del lugar.

El amanecer nos encontró caminando.
La ciudad aún ebria era un testigo casi silencioso.
y el mar parecía guardar silencio por nosotros.
Un cómplice antiguo.
Hablamos de gustos y defectos,
de virtudes y miedos.
Hablamos nuevamente de lo que duele,
de lo que pesa,
de lo que cada uno protege con espinas.
Vi belleza en esa defensa.
No quise arrancarla.

A mi lado caminaba un paisaje psicodélico,
un diamante para atesorar,
un garabato hermoso,
una pasarela de escarcha con espinas
de donde brotan rosas.
Belleza protegida,
pero belleza al fin.

Pensé en la utopía que siempre persigo.
Esa que casi nunca se cumple.
¿Podría ser esta?

El sol llegó sin pedir permiso
y lo iluminó todo:
las grietas,
las dudas,
la posibilidad.
Pasamos de la humedad de la noche
al calor de un día nuevo.
El primero del año.
Juntos.

La despedida fue inevitable.
Pero su abrazo
se sintió como una casa
a la que quiero volver.
Una sensación extraña,
pero que ya existe en el cuerpo y no se va.

Quisiera saber qué será de esto.
Sin nombrar, sin exigir, sin forzar,
solo sé que estoy viviendo
la película más extraña y hermosa,
una de suspenso, romance y silencio,
donde no hay antagonistas,
solo complejidad en un mundo
ordenándose alrededor de dos personas
atreviéndose a mirarse sin huir.

Y a veces, eso
es suficiente para seguir.
Y eso,
por ahora,
es suficiente.


martes, 2 de diciembre de 2025

Un sueño

Hay luces que llegan de golpe,
como una chispa perdida
en mitad de un cuarto oscuro.
Brillan tan de cerca
que uno cree que por fin
alguien vio la forma exacta
de su sombra.

A veces esa luz toca el pecho
y lo despierta.
Le devuelve el pulso.
Le inventa un idioma.
Uno se abre sin pensarlo,
como si el cuerpo recordara
un antiguo ritual.

Pero hay luces que tiemblan
cuando descubren la intensidad
de su propio resplandor.
Retroceden.
Parpadean.
Se esconden detrás del humo
que ellas mismas levantan.

Y queda uno allí,
sosteniendo un brillo que no vuelve,
con las manos vacías
y el corazón todavía prendido
a un destello que ya se movió.

Uno intenta no pedir nada,
solo mirar,
solo quedarse quieto,
solo dejar que la noche respire.
Pero la noche a veces muerde,
y su silencio
cae pesado sobre el pecho
como si hubiera aprendido a decir “no”
sin pronunciarlo nunca.

Yo soy de esas almas
que arden fáciles,
que no saben esconder el fuego,
que nacieron para encender
no para guardar ceniza.

A veces el mundo no entiende
esta forma de latir:
sin cálculo,
sin murallas,
sin treguas.
Y está bien.

Pero el eco queda.
Esa vibración suave
de algo que casi fue,
de algo que rozó el alma
sin terminar de quedarse.

Y en el fondo,
muy adentro,
aún camina una luz pequeña,
necia,
terca,
que sigue buscando el color
de aquella chispa primera,
aunque ya no tenga nombre
y se haya vuelto humo.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Utopía

Te vi llegar de noche,
te miré a los ojos por primera vez
cuando la ciudad bostezaba
y el viento parecía escribirnos un secreto.

Nos sentamos en una banca cualquiera,
y sin saberlo, en ese momento
el mundo, sin avisar,
empezó a girar alrededor de nosotros.

Hablamos hasta que el cielo casi perdió el sueño,
hasta que mis manos, sin saber cómo,
encontraron tus mejillas
y mis labios buscaron los tuyos,
como si hubiera llegado tarde
a una historia que ya nos esperaba.

No pasó mucho hasta que el sol resplandeció
y yo, buscando tu brillo,
encontré una tregua.
Un mueble, dos cuerpos,
caricias que aprendían a caminar,
un vino suave
y la calma rota solo por tus pestañas largas
cuando bajaban a mirarme.

Fuimos al cine.
La película temblaba en la pantalla,
pero el verdadero susto era este sentimiento
creciendo sin permiso.
Tú recostado en mi hombro,
tus hoyuelos apareciendo como un milagro,
y mis dedos queriendo quedarse a vivir
en la curva de tu sonrisa.

“Vámonos”, te dije,
como quien invita a un sueño.
“Vamos”, respondiste,
sin pedir destino ni mapa,
sin miedo a la locura,
como si ya supieras
que la vida no siempre te regala una utopía.

Tres días bastaron
para verte llegar a la misma banca
con una mochila,
hermoso por todos lados,
hermoso regalo inesperado.
Nos fuimos juntos,
dos locos empujados por una luna terca,
por un querer que no busca frenos.

En mi cuarto,
juntos sobre las sábanas,
abrazándote sin prisa,
los platos sobre la mesa,
tu mirada coqueta mordiéndote los labios.
Te confieso que habitaría ese momento infinitamente,
y solo eso me bastaría.

Me viste crear payasos,
reírme del mundo,
ser ridículo, libre,
yo mismo.
Contigo no escondo nada:
ni la luz, ni las grietas.

Eres naturaleza,
tan bella como la laguna que nos recibió
como un pacto.
Un azul tan grande que nos hacía ver pequeños,
las nubes bailando sobre nosotros
celebrando que estábamos juntos.
Arriba, en lo más alto,
tu mano tibia,
tus bromas,
tu boca encontrando la mía
con esa naturalidad que solo tienen
los encuentros que crea el destino.

Y así, la aventura pareció terminar
después de la bajada.
Me tuviste arriba
y ahora te fuiste.
Y yo me quedé
con tu olor en mi almohada
y tu nombre en mis huesos.

De noche te sueño.
Un juego mecánico subía, bajaba, giraba,
y en cada vuelta
solo encontraba tu rostro.
Tus ojos.
Tu risa.
Tu nombre latiendo dentro del mío.

Ahora no puedo más.
Necesito volver a verte.
Aunque sea cinco minutos,
aunque el mundo no entienda esta urgencia.
Fue un flechazo.
Una brújula que me indicaque el norte eres tú.
Una certeza sin explicación.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Su marca

Llegó con la lluvia,
como si el cielo lo hubiera dejado caer
solo para mojarme el alma.

Traía el frío en la ropa,
la humedad en los labios,
y esa mirada que parece prometerlo todo
sin decir nada.

Le di mi abrigo,
y él me devolvió el fuego.
Sus labios encontraron los míos sin pedir permiso,
como si el tiempo se hubiera detenido solo para mirarnos.
Mientras el mundo, afuera,
era pura tormenta,
pero aqui dentro, todo era calma.

Lo tuve cerca,
tan cerca que el mundo se borró.
El cuerpo entendió su idioma,
sin traductores,
sin culpa,
sin edad.

Después, el silencio.
Nos hablamos con las manos,
con los cuerpos,
con esa respiración entrecortada
que parecía una plegaria.

Su respiración aún flotando,
sus manos aún en mi espalda,
mi nombre en su boca,
y un hilo invisible
que no se rompe,
aunque la noche se acabe.

Dijo que le gustaba que sea intenso.
Yo solo supe que había vuelto a sentir.

Hay algo en su manera de mirar
que no sabe de prudencia,
que juega con el tiempo
como quien juega con fuego.

Y yo,
que ya aprendí a no pedir promesas,
le dejo entrar,
le cocino,
le espero.

Su cuello era mi ofrenda,
el mío, su territorio.
En su cuello dejé mi nombre,
y en el mío
se quedó su huella,
como un pacto sin palabras,
como un tatuaje hecho de deseo.

Su pecho contra el mío,
mi abrazo que no quería soltarlo.
Y cuando se va,
mi cuarto huele a vértigo,
a eso que no se puede retener
pero tampoco se olvida.

jueves, 30 de octubre de 2025

Sin disfraz

El aire pesa,
como si el cielo supiera
que ya no tengo ganas de fingir.

Todo se me cae de los hombros.
Lo sostuve para no perder,
pero la fiesta del mundo ya no me llama,
no me interesa más.

Hay risas que suenan huecas,
copas que se chocan sin brindis,
palabras que no dicen nada.

Yo solo quiero silencio,
un rincón donde no duela pensar.

He tocado puertas
que solo se devolvieron eco,
hablé con rostros, máscaras
que olvidaron escuchar.

Me dijeron aburrido
por no naufragar en su licor,
pero yo no busco naufragios,
busco orillas.

La gente ríe, y ya no les creo.
Las luces brillan,
y ninguna me nombra.

El dinero se escapa,
como el agua de las manos.
Y la esperanza,
esa vieja compañera,
hace rato que no contesta.

No quiero volver atrás,
pero tampoco sé cómo seguir.

Hay noches en que el cuerpo
se hace humo,
y el alma solo pide dormir.

No quiero desaparecer.
Solo quiero que el mundo
me abrace sin ruido,
sin máscaras,
sin disfraz.

domingo, 19 de octubre de 2025

Elfo

No supe cuándo empezó el incendio,
solo recuerdo su respiración cerca,
como si el aire buscara en mí su casa.

Era alto, delgado,
una línea de fuego dibujada sobre mi piel.
Lo miré y mi mundo se calmó un poco.
Todo lo demás se volvió ruido,
sobró la distancia,
sobró el miedo.

Sus labios eran pregunta y respuesta,
una frontera que se rendía.
Yo también me rendí,
dejé que el cuerpo hablara,
que dijera lo que las palabras no sabían.

Nos reconocimos sin mapa,
sin aviso,
en la urgencia de dos desconocidos
que ya se habían esperado demasiado.

La noche se abrió como una puerta
y entramos sin permiso,
sin reloj,
sin juicio.

Después, el silencio nos sostuvo.
El aire pesaba distinto,
y cuando se fue,
dejando el olor de su nombre en mis sábanas,
entendí que hay encuentros
que queman lo suficiente
para saber que seguimos vivos.

jueves, 21 de agosto de 2025

Corona

Un embuste,
un faro encendido que no alumbra,
porque la marea se llenó de espejos rotos
y mi reflejo, por poco, se quiebra.

En la penumbra,
dos astros disputaban un mismo eclipse,
y la piel,
como un pergamino secreto,
guarda signos que no me pertenecen.

Lo entiendo.

Camino entre cristales
con los pies desnudos,
y cada herida es un diamante
que nadie podrá tocar.

Mi viaje no se permuta,
llevo conmigo mi propio escenario,
la corona invisible,
la que jamás se inclina
ante nadie.

domingo, 3 de agosto de 2025

Feria

Nos subimos a todo,
como si el vértigo nos quitara el miedo
y el viento nos dijera
que ser felices también era urgente.

Me llevaste al vértigo
y giré en tu órbita.
Fuimos lanzados como monedas
al vacío brillante del aire.
Gritamos, no por miedo
sino porque esa era la única forma de quedarnos.

Tus manos,
en medio del sacudón
buscaron las mías,
y ahí estábamos:
dos niños grandes
jugando a que la vida no dolía.

Éramos dos gritos
bailando en el espiral,
tú, con la cara al viento,
yo, con el corazón volando sin permiso,
yo, con los pies apenas sujetos a la tierra,
te miraba volar.

Te vi hermoso
en medio del caos,
como si el equilibrio no importara
cuando el otro está cerca.

De juego en juego
la noche nos revolvía
como si el cielo se hubiese olvidado
cómo mantenernos quietos.

Yo, torpe y feliz,
te seguía solo sabiendo
que tu risa era un sitio seguro.
Y tu,
la criatura más imposible
de todos mis sueños.

Hubiera escrito tu nombre en una nube
si me hubieran dejado.

Toma este algodón de azúcar
como quien ofrece una nube
para quedarse en ella,
como quien ofrece un corazón
disfrazado de merienda.
como si la ternura
fuese aún legal en este país de sombras.

Y al final,
cuando los ruidos se apagaron
y solo quedaban luces borrosas,
no sabía cómo esconderlo
sin mentirme.

No supe si decirlo era trampa.
Pero lo dije.
te dije: me gustás.
Y eso bastó.
Porque de todas las vueltas,
la tuya
fue la que de verdad
me dejó de cabeza.

lunes, 21 de julio de 2025

Ángel

Me parece recordarte.

Sentirte suave,

en una helada, tibio.

Tu risa que quiero escuchar,

tu risa que escucho aun dormido.


Te miro y no me canso.

Eres como una canción que no se agota,

eres algo más que un nombre bonito,

ese que no quieres mencionar.


Te abracé.

Y el mundo se acomodó distinto.

Hubo algo en tu olor, en tu pecho.

Llevas el fuego sin quemarte.


No sé por qué te miro así…


He querido pronunciarte

como quien aprende un idioma nuevo

solo para decir:

quédate.


Si te vas, llévate este poema.


Y si algún día te cansás del pasado,

en este presente el horizonte es un paisaje.

Un presente con lo que sueñas,

con lo que eres.


No sé si te has dado cuenta
ese modo tan tuyo

de mirar como si entendieras

algo que los demás no.


El caso es que aparecés

y se me acomoda el día.


Te abrazaría cada vez que pudiera,

te cuidaría hasta que te dejes cuidar.

Mi fetiche también es querer bonito.


Yo sigo aquí,

intentando escribirte lo que me pasa

sin que suene a trampa,

sin condiciones,

sin apuros,

sin juicio,

sin miedo,

sin pasado,

sin que duela antes de tiempo.


Si supieras…


martes, 1 de julio de 2025

Testigo

Lo vi aparecer entre bambalinas.
Pequeño, sí,
pero con la grandeza de quien pisa un escenario
y no duda del fuego en sus pasos.

Allí estabas,
bajo los focos,
con el cuerpo que decía: libertad.
Tu forma única de estar en un mundo
que desarma.
Cantabas como si el aire fuera tuyo,
bailabas como si la gravedad te debiera explicaciones,
actuabas como si el mundo, por fin, tuviera sentido.

Y yo,
apenas una sombra en la orilla,
miraba callado,
con ese temblor que solo ocurre
cuando algo te despierta sin tocarte.

“Me gustas”, susurré en medio del hielo.
No sé si me oíste
o si fingiste no escuchar.
Desde entonces,
camino con este corazón adolescente,
esperando tal vez un segundo acto,
una escena compartida,
un diálogo sin guion,
donde tú me mires
como yo ya no puedo dejar de mirar.

Te soñé.
Pero no como se sueña lo imposible,
sino como se sueña lo que se anhela:
con cuidado,
con vértigo,
como si un pestañeo pudiera borrarlo todo.

Quisiera registrar el temblor exacto
que dejas cuando pasas,
la manera en que el mundo se ensancha
cuando decides estar en él.

Quisiera seguir viéndote brillar,
aunque yo me quede en penumbra,
aunque solo sea un testigo.

No me importan los finales.
Hay algo en ti
que basta con mirarlo una vez
para entender
que algunas presencias
no necesitan quedarse
para haber sido eternas.

Avezado

El día y la noche y el dia de nuevo,  luz y sombra, se repite. Tengo la cabeza volando en todas partes, las sensaciones a flor de piel, no m...