sábado, 14 de febrero de 2026

Campo de batalla

La ciudad arde.

Hoteles llenos como trincheras ocupadas.
Puertas cerrándose con la urgencia de quien
cree que el amor se pierde si no se encierra a tiempo.
Afuera, parejas discutiendo
como si besarse fuera una guerra mal negociada.

Tacones rotos.
Copas vacías.
Promesas sudadas sobre veredas sucias.

Y yo en medio del ruido,
con la piel despierta.
Ardiendo.

He tocado torsos que parecían mármol caliente.
Hombros anchos como murallas.
Bocas que no prometen nada pero muerden como si supieran
exactamente dónde duele.

No voy a mentir, me gusta.
Me gusta cómo se ven algunos cuando el deseo les quita la máscara.
Me gusta el caos de tres respiraciones desordenando una habitación.
Me gusta sentirme centro y periferia al mismo tiempo.

Todos quieren sexo.
Lo buscan como salvación y lo usan como arma.
Todos quieren sexo.
Lo buscan como agua, lo venden como trofeo y lo esconden como culpa.

Me gusta cómo algunos se ven cuando pierden el control,
cuando la piel habla más claro que cualquier promesa.

Sé que el fuego arrasa si no se mira de frente.
Sé que no todo gemido es amor.
Sé que no toda guerra deja victoria.

La ciudad es una locura, sí.

Pero dentro del delirio, entre el amor y la guerra hay una línea delgada.
A veces es una sábana revuelta.
A veces es un silencio después.
Y yo camino esa línea con los ojos abiertos.

No estoy enamorado. Estoy vivo.
No estoy roto. Estoy explorando.
No estoy perdido. Estoy probando el borde.

Y si el mundo quiere llamarlo pecado, que lo llame.


domingo, 1 de febrero de 2026

Sirena

No me rompí.
Aprendí a nadar más hondo.
El mar siempre fue casa,
no escape.

Yo no vine a salvar barcos
ni a estrellarme contra promesas flotantes.
Vine a moverme,
a respirar donde otros se ahogan.

He conocido hombres.
Muchos.
Algunos hermosos en la superficie,
otros llenos de grietas que no quieren mirar.

Me ofrecieron una noche
como si fuera un trato.
Me miraron como si el deseo
fuera una moneda.
Creyeron que podían comprar
lo que no estaba en venta.

Hubo risas.
Hubo cuerpos cerca.
Hubo ilusión breve,
como espuma que se forma
y desaparece sin hacer ruido.

Y aun así
seguí nadando.
No rogué amor.
No me quedé
donde no se quedaban para mí.
No confundí intensidad
con cuidado.

No forcé puertos.

Aprendí a reconocer
a los que se acercan
solo cuando están a la deriva,
anclados en su propio naufragio,
esperando que alguien
les preste orilla.

Yo ya no soy orilla.

Tengo poder.
No el que grita,
sino el que se entrena en silencio.

Trabajo en mí
como quien fortalece pulmones
para una inmersión larga.

Me habito.
Me sostengo.
Me elijo.

Sigo siendo sirena,
sí.

Pero no la del canto triste.

Soy corriente firme.
Soy cuerpo que conoce su ritmo.
Soy profundidad que no pide permiso.

Si alguien se acerca ahora
tendrá que saber nadar.
No para alcanzarme,
sino para acompañar.

Porque yo no espero en la orilla.
Yo vivo en el agua.
Y desde aquí
todo se ve más claro.

viernes, 23 de enero de 2026

Semaforo en rojo

No me hiciste ganar nada.
El semáforo no te conocía.
Yo estaba ahí con las manos prendidas en fuego,
el pulso firme y el miedo domado a fuerza de repetir. 

La gente no dejó billetes porque tengas buena vibra,
los dejó porque me miraron y algo en ellos no quiso irse. 

Mi cuerpo también te miró y dijo no.
No con gritos, no con drama, con quietud.

Dormí cerca, pero no abrí la puerta.
Eso no es confusión, es frontera.
No todo lo que se acerca merece entrar.
No todo lo que insiste tiene razón. 

No me elegiste.
No me despertaste.
No me encendiste.
Yo ya estaba ardiendo antes. 

Y si me voy no es por falta de ternura,
es porque aprendí a no quedarme donde llaman amor a regar hasta ahogar.

lunes, 19 de enero de 2026

La ciudad que aprendió a cazar

La ciudad parecía amable al inicio, una noche viva, de esas donde todavía se puede confiar.
La ciudad parecía celebrar algo y no anunciaba peligro.
No brillaba, pero respiraba.
Había gente en las calles, conversaciones superpuestas, pasos que se cruzaban sin mirarse demasiado.
Había risas, cámaras, rostros conocidos multiplicándose en flashes. Caminaba entre ellos con una sensación cómoda, casi ingenua. Nadie corría. Nadie sospechaba. El peligro todavía no tenía nombre.

Luego llegaron los carnavales.

El agua cayó primero como juego. Chorros, gritos, cuerpos empujándose sin intención. Después el agua cambió. Se volvió espesa. El barro se mezcló sin aviso, pegándose a la ropa, a la piel. No sentí miedo, solo rechazo. Algo estaba mal. Algo debía limpiarse.

Busqué agua quieta.
Me lavé las manos, la cara. Respiré.

Y ahí, sin ruido, la ciudad dejó de ser la misma.

Subí al edificio porque tenía que hacerlo. Una prueba. Una reunión. Un casting. Un lugar que prometía orden. Todo parecía formal, estructurado, casi seguro. El tipo de lugar donde uno cree que las reglas protegen. Éramos varios. Demasiados cuerpos juntos creyendo que las paredes protegían.
Cuando todo terminó, nos dirigimos al ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, apareció.
No gritó. No corrió. La hoz colgaba de su mano como si siempre hubiera estado ahí.

El tiempo se comprimió. Hubo un movimiento brusco, un sonido húmedo, cuerpos retrocediendo sin espacio. Gritos. La sangre apareció de golpe, manchando el piso, salpicando ropa ajena. No miré demasiado. No hacía falta. La certeza era suficiente. Sentí la sangre de otros empapándome la camisa, el peso caliente de algo que no me pertenecía.

Ahí dudé.

¿Las escaleras?
Eran muchos pisos. Pasillos largos. Demasiados lugares donde alguien podía estar esperando.

¿El ascensor?
Encerrado. Lento. Pero bajaba. Daba segundos. Permitía respirar. Pensar.

Elegí el ascensor.

Entré.

Las puertas se cerraron con violencia. El descenso fue eterno. El silencio se llenó de respiraciones agitadas. Bajaba cubierto de sangre ajena, con el corazón golpeando más fuerte que un motor. Cuando las puertas se abrieron, salí corriendo.

La ciudad ya estaba preparada.
Las calles se cerraban. Las esquinas no llevaban a nada. No eran uno. No eran dos. Eran muchos. Y sabían esperar.

Vi un edificio de departamentos. En el tercer piso, una luz encendida. Subí como si esa luz fuera una promesa. Golpeé. Entré.
El departamento parecía seguro solo porque quería creerlo, pero ahí estaba uno de ellos. No hizo nada. No habló. La quietud fue peor que el ataque.
El cuerpo entendió antes que la mente. No había salida por la puerta. Vi unas escaleras extrañas, mal construidas, como si el edificio mismo no quisiera existir. Me lancé desde el tercer piso, golpeando escalones, cayendo torpemente, bajando a la fuerza. Me levanté sin mirar atrás.

Me levanté y seguí.

Corrí tanto que el cuerpo dejó de quejarse. En un punto subí a un auto buscando huir rápido. Pensé que alguién podria ayudarme, sacarme velozmente de ese lugar.  Dentro estaban dos de ellos. Sonreían. No con alegría, sino con esa satisfacción cruel de quien disfruta la persecución. Abrí la puerta en movimiento y me arrojé otra vez al asfalto. El golpe fue seco, breve. No dolió como dolería en la realidad, pero sacudió. Me levanté y seguí corriendo. Siempre seguir. Porque quedarse ya no era una opción.Seguir corriendo era mejor que quedarse.

Seguí corriendo.

Los veía venir detras mio. Buscaba un lugar donde esconderme. Entonces vi una casa de esteras.
Pequeña. Frágil. Humana.
Una mujer estaba ahí. Pensé en esconderme, en desaparecer dentro de algo mínimo. Me acerqué y lo supe. Su mirada no era refugio. Era espera. Ella también pertenecía a la ciudad que cazaba.

Me fui.

Las piedras aparecieron cuando ya no quedaba nada más. Las recogía del suelo y las lanzaba como proyectiles sin apuntar, no para ganar, sino para abrir aire, para obligar al mundo a retroceder un segundo. Escuchaba los impactos, sentía el temblor en los brazos. No eran armas. Eran tiempo.
Vi a otros caer. Vi cómo los alcanzaban. Y entendí lo peor, ellos disfrutaban esto. No perseguían por necesidad. Era un juego. Un ritual. Nosotros éramos el movimiento que los mantenía vivos. Ellos no corrían por necesidad, sino por juego. Como si la ciudad fuera su terreno y nosotros, piezas móviles.

La confianza se volvió imposible.

Hasta que, casi sin aviso, apareció una tienda. Un espacio común. Vidrio, luz, gente normal. Reconocí algo ahí, no a alguien en particular, sino una forma de estar. No había tensión en los cuerpos. No había mirada doble. Solo presencia.

Por primera vez, no corrí por huir, sino por elegir.

Desde ahí llegué a una van. Grande, sin nada especial. Entré y cerré la puerta justo antes que me alcanzaran. Dentro había una señora, una joven, un chofer. Personas comunes. Pedí que arrancaran rápido. Muy rápido. El motor respondió. Al alejarnos, vi motos intentando seguirnos, pero ya no importaba. La distancia empezaba a hacer su trabajo.

Dentro del vehículo, el cuerpo bajó la guardia.
Dentro del vehículo, el cuerpo finalmente cedió.
La sangre seguía en la ropa. Pero el peligro ya no viajaba conmigo.

No hubo celebración. No hubo alivio exagerado. Solo esa certeza silenciosa de estar a salvo. De haber salido. No por fuerza, no por suerte, sino por haber sabido cuándo irse, cuándo no confiar, cuándo saltar del auto, cuándo dejar de correr solo y aceptar compañía.

Ahí terminó todo.

No porque el peligro hubiese desaparecido del mundo,
sino porque ya no viajaba conmigo.
La ciudad quedó atrás,
no porque hubiera terminado, sino porque yo aprendí a salir.

miércoles, 7 de enero de 2026

Amanecer de nuevo

Un abrazo como último punto fijo.
Después, la ciudad volvió a moverse
y tú no estabas más.

No hay mensajes que expliquen una pantalla que aprende a callar
y una distancia que se instala
como quien no pide permiso.

Me quedé con la imagen exacta
tu cuerpo separándose apenas,
el nuevo dia tibio,
el año recién estrenado
creyendo que todo iba a continuar.

A veces pienso
que el amanecer nos vio demasiado de cerca
y decidió guardarte.

Recuerdo nuestras sonrisas
mirándose sin defensa,
esa forma suave de decir estoy aquí
sin decir nada.

La playa, el viento,
las rocas escuchando verdades grandes,
el cielo abierto como un mapa que no se cumple
pero insiste.

Yo, con mis hilos tejidos,
mis colores puestos como amuletos,
mi manera torpe y honesta
de creer en lo que empieza.

Tú, con tus sombras bien cuidadas,
con esa belleza que no se entrega entera,
con esa forma de estar
como quien se queda en el borde.

No sé en qué punto
el silencio tomó tu forma.

No sé si fue miedo,
o prudencia,
o simplemente la vida
haciendo lo suyo.

Hay palabras que no te dije
porque pensé que el tiempo estaba de nuestro lado.

Hay ganas intactas
de volver a verte llegar,
de reconocerte entre la gente,
de sentir otra vez
que el frío se iba con solo abrazarte.

No quiero que el miedo nos nombre.
No quiero que este final
sea una explicación.

Solo sé
que hubo algo verdadero,
aunque haya sido breve.

Que hubo una película sin antagonistas,
solo dos seres complejos
caminando hacia un amanecer
que no prometía nada
y aun así lo era todo.

lunes, 5 de enero de 2026

Astral

Me canso.

En el sueño vuelvo al agua
porque ahí no tengo que explicarme.

Soy sombra que protege,
oscuridad que lastima.

Duermo para no mirar la herida de frente,
duermo para respirar sin latir tan fuerte.

No renuncio a la utopía.
Solo la dejo descansar conmigo,
hasta que esté lista
para existir despierto.

jueves, 1 de enero de 2026

Trasmutación

Llegué creyendo que el regreso podía ser una forma de calma.
Como si volver fuera una reconciliación con la ciudad que siempre me miró de lejos.
Como si regresar fuera una forma de perdón,
como si esta ciudad, que tantas veces me hizo sentir fuera de lugar, pudiera ahora ofrecerme una tregua.

No sabía que el regalo no vendría de la tierra sino del azar.
Apareció como aparecen las señales que no se anuncian.
Apareció sin ruido, cómo llegan las cosas importantes cuando uno baja la guardia.
Hay en él una mezcla de sombra y resplandor,
una manera de estar que no se ofrece entera, pero tampoco se esconde.
Algo atípico en su forma de decir las cosas, una manera de pensar que no sigue líneas rectas.

Eso basta.
Eso me gustó.
La primera vez, fue su sonrisa lo que me detuvo.

En el crepúsculo, la playa.
Cuando la noche ya estaba instalada, en ese momento habitamos un territorio compartido.
Piedras húmedas, viento insistente,
las rocas que intentaban guardar el frío,
y el mar que parecía escuchar palabras que no buscaban impresionar,
solo existir.

Nos sentamos ahí,
como dos figuras pequeñas frente a algo inmenso,
hablando de luces y sombras,
como quien se reconoce sin tocarse todavía.
Le hablé del cielo como quien abre una puerta secreta,
el mapa invisible que nos nombra antes de saber quiénes somos.
Le hablé del cielo.
No como destino, sino memoria.
Una fotografía del instante en que llegamos al mundo
con todo lo que somos y lo que tememos ser.
Él, Escorpio, con sus profundidades y silencios.
Yo, Tauro, pensando todavía en darlo todo.
Él escuchaba como si reconociera algo antiguo en sí mismo.

No hubo prisa.
Y el tiempo hizo lo que siempre hace cuando hay verdad, se volvió irrelevante.
Las horas se fueron sin permiso.
El frío nos acercó.
La noche nos sostuvo.
Hablamos de lo que pesa.
De lo que duele.
De esas historias que cargamos
como heridas que también nos sostienen.

Temí que todo terminara ahí.
Pero hay encuentros que no saben irse cuando aún no han terminado de decir lo que son.
Nos despedimos tarde,
con la sensación de que algo había quedado abierto.
Una posibilidad.
Una dupla.
Una química que recién aprendía su idioma.

Abrimos una ventana extraña:
una desde donde mirar al mundo
y decir que, incluso en la oscuridad,
seguimos buscando luz, paz,
una voz que hable de superación sin cinismo.

Yo, intenso,
quise que no fuera una historia de una sola noche.
De esas ya tuve suficientes y ya me harté.
Lo busqué.
Propuse volver a la playa,
bailar,
pasar el año nuevo juntos,
ser vistos sin escondernos.

La noche nuevamente fue un ritual aún sin nombre.
Vestirse para alguien es un acto de fe,
como si eso también fuera un conjuro.
Entregar un hilo tejido a mano es admitir que uno todavía cree en la protección,
en la energía,
en lo que no se ve pero se siente.
El lado hippie que nunca se va.
La travesía fue larga, pero habría caminado más por volver a verlo.

Cuando llegó, su abrazo me quitó el frío.

Bailamos.
No para ser vistos,
aunque el mundo mirara.
Las miradas alrededor cargaban deseo, envidia, sospecha.
La mía no veía nada más que sus ángulos, sus movimientos,
esa manera suya de ocupar el espacio.

Bailamos como dos cuerpos que se reconocen
sin necesidad de explicarse.
Había deseo,
sí,
pero también cuidado.
Ese borde frágil donde todo podría romperse
y, aún así, decide quedarse.

 Bailamos. Tímidos al principio, coquetos después. Manos que se buscaban sin apuro. Besos en el cachete, en el cuello, en las manos. Me sentí derretir, como un helado expuesto al sol por primera vez.

Un beso sin dramatismo.
Luego otros, sensibles, cuidadosos.
Como palpando un terreno que podría derrumbarse
pero qué eligió ser armonía.

Los más lindos del lugar.

El amanecer nos encontró caminando.
La ciudad aún ebria era un testigo casi silencioso.
y el mar parecía guardar silencio por nosotros.
Un cómplice antiguo.
Hablamos de gustos y defectos,
de virtudes y miedos.
Hablamos nuevamente de lo que duele,
de lo que pesa,
de lo que cada uno protege con espinas.
Vi belleza en esa defensa.
No quise arrancarla.

A mi lado caminaba un paisaje psicodélico,
un diamante para atesorar,
un garabato hermoso,
una pasarela de escarcha con espinas
de donde brotan rosas.
Belleza protegida,
pero belleza al fin.

Pensé en la utopía que siempre persigo.
Esa que casi nunca se cumple.
¿Podría ser esta?

El sol llegó sin pedir permiso
y lo iluminó todo:
las grietas,
las dudas,
la posibilidad.
Pasamos de la humedad de la noche
al calor de un día nuevo.
El primero del año.
Juntos.

La despedida fue inevitable.
Pero su abrazo
se sintió como una casa
a la que quiero volver.
Una sensación extraña,
pero que ya existe en el cuerpo y no se va.

Quisiera saber qué será de esto.
Sin nombrar, sin exigir, sin forzar,
solo sé que estoy viviendo
la película más extraña y hermosa,
una de suspenso, romance y silencio,
donde no hay antagonistas,
solo complejidad en un mundo
ordenándose alrededor de dos personas
atreviéndose a mirarse sin huir.

Y a veces, eso
es suficiente para seguir.
Y eso,
por ahora,
es suficiente.


Campo de batalla

La ciudad arde. Hoteles llenos como trincheras ocupadas. Puertas cerrándose con la urgencia de quien cree que el amor se pierde si no se en...