lunes, 23 de febrero de 2026

Ensayo sobre no romperse

Anoche lo admití.

Que me cansa ilusionarme.
Que siempre termino siendo el que siente más.
Que tengo demasiado amor en las manos
y a veces no sé dónde ponerlo sin que se derrame.

Dije que me ignoran
y al mismo tiempo me buscan intensamente
y luego se apagan.
Que me hablan de calma mientras se alejan.

Dije que duermo para no sentir.
Que en sueños vuelvo al agua.
Que ahí soy sirena otra vez para ser libre,
protegiendo a otros aunque nadie me proteja.

Dije que me gusta arder en mi propio fuego.
Que no soy inocente.
Que sé jugar en el campo de batalla.
Pero que después, cuando el ruido baja,
hay algo en mí
que sigue esperando una mirada que se quede.

Hablé de los hombres, claro.
De los que se acercan rotos.
De los que prometen intensidad
pero piden calma cuando yo ya estoy dentro.
De los que me miran como si pudiera salvarlos.

Anoche lo admití, pero
anoche no hablé solo de amor.

Hablé también del cansancio que no se ve,
del peso de sostenerme siempre fuerte,
de esa costumbre de ser océano
mientras otros apenas son lluvia.

Lo dije sin adornos.

Que no quiero rogar.
Que no quiero perseguir barcos.
Que no quiero ser siempre el puerto
para hombres que no saben nadar.

Y también dije que no estoy roto.
Solo estoy cansado de repetir la misma historia
con distintos nombres.

Hay algo en mí que ama con fuerza.
Y no quiero apagarlo.
Pero tampoco quiero que me consuma.

Eso fue lo más difícil de aceptar,
que puedo ser fuego y aún así merecer calma.

No quiero dejar de creer.
Quiero aprender a elegir.

No quiero dejar de sentir.
Quiero que alguien se quede cuando lo haga.

Y dije algo que me dolió admitir.

A veces me canso de ser el que entiende.
El que espera.
El que sostiene.

No quiero que mi ternura me ahogue.

Hablé de mi poder.
No el que seduce.
No el que impresiona.
El que se entrena en silencio.
El que aprende a decir no.
El que reconoce cuándo no cruzar.

Y sí, era inevitable hablar del amor.
Por eso lo admití.

Hablé del miedo a repetir la misma historia.
De la sospecha de que siempre doy más.
De la pregunta incómoda.
¿Y si el problema no es el amor,
sino dónde lo pongo?

No salí con respuestas claras.
Salí con algo mejor.

La certeza de que estoy mirándome sin huir.

No estoy roto.
No estoy perdido.
Estoy atravesando mi propia marea.

Y eso, aunque a veces duela,
también es crecer.

sábado, 14 de febrero de 2026

Campo de batalla

La ciudad arde.

Hoteles llenos como trincheras ocupadas.
Puertas cerrándose con la urgencia de quien
cree que el amor se pierde si no se encierra a tiempo.
Afuera, parejas discutiendo
como si besarse fuera una guerra mal negociada.

Tacones rotos.
Copas vacías.
Promesas sudadas sobre veredas sucias.

Y yo en medio del ruido,
con la piel despierta.
Ardiendo.

He tocado torsos que parecían mármol caliente.
Hombros anchos como murallas.
Bocas que no prometen nada pero muerden como si supieran
exactamente dónde duele.

No voy a mentir, me gusta.
Me gusta cómo se ven algunos cuando el deseo les quita la máscara.
Me gusta el caos de tres respiraciones desordenando una habitación.
Me gusta sentirme centro y periferia al mismo tiempo.

Todos quieren sexo.
Lo buscan como salvación y lo usan como arma.
Todos quieren sexo.
Lo buscan como agua, lo venden como trofeo y lo esconden como culpa.

Me gusta cómo algunos se ven cuando pierden el control,
cuando la piel habla más claro que cualquier promesa.

Sé que el fuego arrasa si no se mira de frente.
Sé que no todo gemido es amor.
Sé que no toda guerra deja victoria.

La ciudad es una locura, sí.

Pero dentro del delirio, entre el amor y la guerra hay una línea delgada.
A veces es una sábana revuelta.
A veces es un silencio después.
Y yo camino esa línea con los ojos abiertos.

No estoy enamorado. Estoy vivo.
No estoy roto. Estoy explorando.
No estoy perdido. Estoy probando el borde.

Y si el mundo quiere llamarlo pecado, que lo llame.


domingo, 1 de febrero de 2026

Sirena

No me rompí.
Aprendí a nadar más hondo.
El mar siempre fue casa,
no escape.

Yo no vine a salvar barcos
ni a estrellarme contra promesas flotantes.
Vine a moverme,
a respirar donde otros se ahogan.

He conocido hombres.
Muchos.
Algunos hermosos en la superficie,
otros llenos de grietas que no quieren mirar.

Me ofrecieron una noche
como si fuera un trato.
Me miraron como si el deseo
fuera una moneda.
Creyeron que podían comprar
lo que no estaba en venta.

Hubo risas.
Hubo cuerpos cerca.
Hubo ilusión breve,
como espuma que se forma
y desaparece sin hacer ruido.

Y aun así
seguí nadando.
No rogué amor.
No me quedé
donde no se quedaban para mí.
No confundí intensidad
con cuidado.

No forcé puertos.

Aprendí a reconocer
a los que se acercan
solo cuando están a la deriva,
anclados en su propio naufragio,
esperando que alguien
les preste orilla.

Yo ya no soy orilla.

Tengo poder.
No el que grita,
sino el que se entrena en silencio.

Trabajo en mí
como quien fortalece pulmones
para una inmersión larga.

Me habito.
Me sostengo.
Me elijo.

Sigo siendo sirena,
sí.

Pero no la del canto triste.

Soy corriente firme.
Soy cuerpo que conoce su ritmo.
Soy profundidad que no pide permiso.

Si alguien se acerca ahora
tendrá que saber nadar.
No para alcanzarme,
sino para acompañar.

Porque yo no espero en la orilla.
Yo vivo en el agua.
Y desde aquí
todo se ve más claro.

Entero

Me levanto antes que el día tenga nombre. Cuando la ciudad aún no decide quién es. El mundo duerme y yo ya estoy de pie con el cuerpo record...