Tú eres el amor que nunca pide, que no ata ni exige; el amor que respira conmigo, aun cuando mis pasos se alejan para buscar otros horizontes. Eres como el faro que ilumina incluso cuando me pierdo en mis tormentas, el reflejo que me recuerda quién soy, incluso cuando me cuesta reconocerme.
Te amo porque me miras sin tratar de descifrarme, porque amas mis ruinas con la misma ternura con la que amas lo que florece en mí. Contigo, no tengo que explicarme, porque sabes que dentro de cada risa hay una herida que se cura al ser comprendida. Me miras, y en esa mirada me encuentro libre, no atrapado.
A veces me abruman las ganas de desaparecer, de soltar todo y quedarme solo con el aire y el silencio. Pero siempre hay algo tuyo que me llama de vuelta: tu voz suave como un recuerdo que no quiero olvidar, tu mano firme en la mía, como si dijera “puedes irte, pero aquí estaré si decides volver”.
Eres mi verdadero amor, porque tu amor no es trinchera ni jaula, sino un espacio abierto, inmenso, donde puedo danzar entre quedarme y partir, siempre con el corazón latiendo por ti.
El amor hace al mundo brillar. Lo llevo tatuado en mi piel, pero tú lo grabaste en mi alma. Y aunque el camino me lleve lejos, siempre estarás en mi brújula, como el norte más cierto, como el hogar al que siempre quiero volver.